Hay historias que empiezan mucho antes de que uno sepa que está en ellas. La nuestra empezó en los veranos de Chiapas, cuando un marcianito de Puebla bajaba cada año con las vacaciones a cuestas, y una marcianita lo esperaba sin saber que esperaba. Desde niños siempre nos tuvimos miradas: de esas que no saben todavía lo que dicen, pero ya lo están diciendo. Jugábamos a todo menos a enamorarnos, y quizá por eso nos salió tan bien.
Pasaron los años y pasaron los veranos y esos niños se dejaron de ver en las vacaciones. Tanto tiempo que casi aprendimos a olvidarnos, pero a los dieciocho, durante unas vacaciones en Puebla, la vida nos puso frente a frente en Haras, y ahí entendimos que hay lugares que existen para encontrarse y con los años confirmar ese amor.
Vinieron diez años bonitos y llenos de retos: él viviendo en otros países, ella contando husos horarios, los dos comprobando que la distancia sabe medir kilómetros, pero no sabe medir el amor. Y un día, nos prometimos.
III
El reencuentro y nuestra boda
Pero ni las mejores historias se escriben en línea recta. Dos años después de la promesa, la nuestra pareció detenerse: nos soltamos las manos y todo apuntaba a un punto final. Lo que no sabíamos es que Dios escribe con otra tinta. En 2026 volvió a cruzar nuestros caminos, no como quien tropieza, sino como quien regresa a la página donde dejó el separador. Esta vez lo decidimos todo: punto final a la distancia, y este 19 de diciembre, en la misma Puebla que nos reunió, venimos a sellar este amor delante de ustedes. Para siempre.